EL PECADO ORIGINAL TENÍA HOYUELOS
- Noelia Nsomo Memba

- 25 jul
- 4 min de lectura
Érase una vez una chica. Bueno, en realidad eran dos. Una se llamaba Eva y la otra podría tener mi nombre. A Eva la tentó una serpiente y acabó mordiéndole a una manzana. Yo, sinceramente, la juzgué durante años. «Qué poca fuerza de voluntad, hija». Hasta que la vida, con su característico sentido del humor, decidió ponerme delante a mi propia serpiente. Solo que la mía no reptaba. Tenía ojos verdes, hoyuelos, una sonrisa indecente y el descaro de parecer un hombre completamente funcional. El diablo se modernizó. Ya no envía reptiles. Ahora envía hombres guapos con inteligencia emocional selectiva.
Definitivamente era mi tipo. Lo suficientemente guapo como para hacerte ignorar todas las señales de alarma y lo suficientemente consciente de ello como para resultar un peligro público. Porque hay hombres atractivos y luego están esos que son plenamente conscientes de que lo son. Caminan como si Netflix ya hubiera comprado los derechos de su biografía, sonríen como si hubieran ensayado delante del espejo desde los doce años y te miran con esa cara de «sí, ya sé lo que estás pensando». Y, para mi desgracia, normalmente lo saben.
Yo lo llamo el Susurrador. No sé si porque habla bajito o porque, igual que la serpiente del Edén, tiene un talento sobrenatural para convencerte de las peores decisiones posibles. Tampoco sé si miente. Sospecho que sí. Pero eso es casi irrelevante. Lo verdaderamente preocupante es que consigue meterse en mi cabeza con la misma facilidad con la que termina metiéndose en mi habitación. No sé qué me inquieta más.
Debí sospechar algo la primera vez que lo vi. Su rostro tiene la astucia de un lobo, un magnetismo que atrae y seduce a la vez. Y efectivamente, es un lobo. De esos que no necesitan disfrazarse de cordero porque han comprendido que son mucho más peligrosos cuando sonríen, cuando sus labios se curvan en una mueca que promete placeres prohibidos. Yo, en cambio, hice lo que cualquier mujer sensata haría en esa situación: ignorar por completo mi intuición y pensar: «Madre mía... qué ojos más bonitos», esos ojos verdes que parecen guardar secretos oscuros y deseos inconfesables. El gran error de la humanidad no fue la manzana. Fue pensar que los ojos verdes eran simplemente una característica física y no una clara advertencia de peligro, un llamado a cruzar la línea entre lo correcto y lo tentador.
Qué mal me caen los hombres que conocen su poder. Aquellos que, con una seguridad provocativa, despliegan sonrisas que te atrapan, como titiriteros de tus emociones. Parecen haber leído tu mente, desnudando deseos ocultos con cada palabra. Es una estafa; crees que decides libremente, pero eres víctima de un golpe de Estado hormonal. Sus miradas y sonrisas seductoras te enredan en un juego del que no puedes escapar. Y lo peor es que lo sabes. Ellos también lo saben. Dios, probablemente, también lo sabe. Pero nadie detiene la catástrofe que se avecina, esa atracción magnética hacia lo prohibido que, irremediablemente, te excita.
Sé que suena ridículo, pero creo que tenemos química. No sé si es química o un desequilibrio hormonal con muy mala intención. Solo sé que cuando me levanta, me gira, me acerca a él, me rodea con los brazos, me sujeta del cuello con esa seguridad insultante y después me susurra cualquier tontería al oído como si fuera un secreto de Estado, mi cerebro decide cogerse vacaciones sin previo aviso. No tiene ningún sentido.
Y luego hace esas cosas que deberían estar prohibidas por la Convención de Ginebra. Se queda mirándome en silencio, con la mano rozándose la boca, completamente serio. Yo, incómoda y un poco excitada, le pregunto: «¿Qué pasa?». Y él, sin sonreír, sin apartar la mirada, como si estuviera revelando el secreto del universo, responde: «Eres hermosa». Joder... ¿de verdad tienes que decírmelo así? ¿Tan serio? ¿Tan tranquilo? ¿Tan condenadamente sexy? Dime que tengo una pestaña en el ojo, que llevo el pelo raro, que se me ha corrido el rímel... cualquier cosa menos eso. Porque cuando un hombre te dice que eres guapa como quien comenta el clima, puedes sospechar que va a llover. Pero cuando te lo dice mirándote como si acabara de descubrir una obra maestra del Renacimiento... ahí empiezan los problemas.
Debería salir corriendo. Debería recordar todas las veces que prometí no volver a caer en hombres que saben exactamente cómo engatusarme. En cambio, ahí estoy, pensando que quizá Eva tampoco era tan tonta.
¿Cómo demonios se escapa uno de alguien que tiene un mapa detallado de tus vulnerabilidades? ¿Cómo desapareces cuando te lanza esa mirada que podría derretir el hielo más frío? Cuando se acerca tanto que su cuerpo parece fusionarse con el tuyo y susurra al oído como si las palabras no fueran más que descargas eléctricas en tu cerebro, me digo que debo huir. Pero, ¡oh sorpresa!, cuando sus labios tocan los míos, la negociación interna se convierte en un chiste de mal gusto. Compartimos el mismo vaso, el mismo vino, la misma risa... y en un instante, me pregunto si el verdadero veneno nunca estuvo en la manzana. Quizás estaba en su boca, en ese beso que me hizo sentir como si estuviera tragando una dosis letal de veneno. Es profundamente injusto que la evolución les haya permitido existir, como si el universo se riera de nosotros, pobres mortales, atrapados en su hechizo.
Supongo que por eso entiendo a Eva mucho más de lo que me gustaría admitir. Nunca fue la manzana, fue la curiosidad traviesa. Fue creer que esta vez sería diferente, como si un hombre con ojos verdes y una sonrisa bonita no pudiera tener un par de colmillos escondidos. Y aquí estoy, siglos después, repitiendo la historia con un tipo que tiene más práctica en entrar donde nadie lo ha invitado: en mi cabeza. Pero, ¡oh!, esos hoyuelos que se asoman cuando sonríe son como un dulce veneno que me atrapa. El resto ya vino solo, como un baile que no sabía que estaba esperando.
Al final Eva no fue expulsada del paraíso por una manzana. Fue por darle demasiada conversación a la serpiente. Yo, de momento, sigo respondiéndole los mensajes. Si dentro de unos capítulos me veis tomando decisiones inteligentes... llamad a una ambulancia.
Hasta entonces, seguiré sacrificando mi estabilidad emocional por el bien de esta columna. La ciencia necesita voluntarios.
Opiniones No Solicitadas.
No era tan profundo... ¿o sí?



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