¡Me parece que nos han tomado el pelo!
- Noelia Nsomo Memba

- 17 jul
- 5 min de lectura
Para mis queridos lectores, y digo queridos lectores con la esperanza de que realmente existáis y no seáis otro producto de mi imaginación, porque últimamente paso tanto tiempo hablando conmigo misma que empiezo a sospechar que el diálogo interior ha dejado de ser un recurso psicológico para convertirse en una comunidad autónoma. Si un día descubro que vosotros tampoco existís, al menos podré decir que he escrito el artículo que más ha gustado a mi cabeza.
Hoy quiero hablar de la perfección. Ese concepto maravilloso que todos juramos despreciar mientras dedicamos la mayor parte de nuestra existencia a perseguirlo como si al final del camino nos fueran a entregar un diploma, una medalla y un cupón para canjear por una vida sin ansiedad. Qué obsesión tan curiosa tiene el ser humano con mejorar constantemente. Mejor cuerpo. Mejor trabajo. Mejor sueldo. Mejor pareja. Mejor versión de uno mismo. Mejor desayuno. Mejor colchón. Mejor cepillo de dientes. Hemos llegado a un punto en el que como aparezca un anuncio prometiéndome una versión mejorada del papel higiénico voy a empezar a pensar que llevo toda la vida limpiándome mal.
Y lo mejor de todo es que nadie reconoce que busca la perfección. No, ahora somos mucho más sofisticados. Ya no decimos que queremos ser perfectos. Decimos que estamos "trabajando en nuestra mejor versión". Qué frase tan elegante para decir exactamente lo mismo. Parece que en lugar de tener inseguridades estamos desarrollando una aplicación para Apple. La versión 3.7 de Noelia ya incorpora gestión emocional, mayor tolerancia a la frustración y una ligera reducción de pensamientos intrusivos. Error. La actualización contiene nuevos fallos. Reinicie el sistema e inténtelo de nuevo.
Porque esa es otra. Yo llevo actualizándome toda la vida y sigo teniendo los mismos errores de fábrica. Algunos incluso han mejorado con los años. Tengo más versiones de mí que los iPhone. Está la Noelia responsable, la que compra agendas preciosas convencida de que este año sí las va a utilizar. La Noelia impulsiva, que decide viajar a otro continente con la planificación estratégica de un pato cruzando una autopista. La Noelia filósofa, que un martes cualquiera puede pasarse tres horas preguntándose si realmente existe el libre albedrío mientras olvida sacar la ropa de la lavadora por tercera vez. Y luego está la perfeccionista. Esa sí que es pesada. Vive instalada dentro de mi cabeza sin pagar alquiler y tiene la maravillosa costumbre de convertir cualquier pequeño error en un documental de Netflix titulado Cómo arruinar tu vida en cinco sencillos pasos.
Lo peor es que la sociedad la alimenta constantemente. Desde pequeños nos dicen que tenemos que aceptarnos tal y como somos. Acto seguido nos entregan una lista de quinientas setenta y ocho cosas que deberíamos cambiar urgentemente. Quiérete mucho... pero adelgaza un poco. Sé natural... pero compra esta base de maquillaje que cuesta lo mismo que una hipoteca. Descansa... pero levántate a las cinco de la mañana porque los millonarios madrugan. Come de todo... pero el gluten, el azúcar, los hidratos, la lactosa y cualquier cosa que tenga sabor son prácticamente terrorismo nutricional.
Yo ya no sé si desayuno o realizo un ritual satánico.
Porque antes uno desayunaba una tostada. Ahora desayunas semillas de chía hidratadas durante doce horas en leche de avena ecológica cultivada por monjes tibetanos mientras escuchas un podcast de productividad y agradeces al universo diecisiete cosas antes de las siete de la mañana. Y todo eso antes de ir a trabajar. No me extraña que la gente llegue cansada a la oficina. Llevan media vida vivida antes de las ocho.
Luego está el gimnasio. Ese lugar donde todos fingimos que disfrutamos muchísimo mientras un monitor llamado Sergio, que pesa exactamente lo mismo que mi pierna izquierda pero tiene abdominales hasta en las pestañas, te grita que una repetición más. Una más. Siempre una más. Yo no sé quién decidió que sufrir era una afición, pero debió de ser la misma persona que inventó las reuniones que podrían haber sido un correo electrónico.
Después viene el cuidado facial. Me hace mucha gracia porque cuando era pequeña mi madre me lavaba la cara con agua y jabón y, sorprendentemente, seguía teniendo cara. Ahora necesito un limpiador, un exfoliante químico, un exfoliante físico, un sérum de vitamina C, otro de ácido hialurónico, una crema hidratante, otra reparadora, un contorno de ojos, protector solar, aceite facial y probablemente dentro de poco un abogado especializado en poros. Hay mujeres que tienen más productos para la piel que alimentos en la nevera. Yo incluida. Y ahí estamos todas, convencidas de que la diferencia entre parecer de treinta y de treinta y uno depende de una crema de ciento veinte euros.
Pero mi parte favorita llega en las entrevistas de trabajo. Ese teatro maravilloso donde dos personas se sientan a mentirse cordialmente durante cuarenta minutos. Ellos fingen que la empresa es una gran familia. Tú finges que ese puesto era exactamente el siguiente paso lógico de tu carrera. Curiosamente, nadie soñaba de pequeño con actualizar hojas de Excel un martes a las cuatro de la tarde. Entonces llega la pregunta estrella.
—¿Cuál dirías que es tu mayor defecto?
Y empieza el concurso nacional de hipocresía.
Nadie responde la verdad.
Nadie dice: "Mire, cuando tengo hambre dejo de ser una persona funcional." O: "Llevo cinco años evitando llamar al dentista porque me da vergüenza que piense que abandono mis muelas."
No.
Todos respondemos lo mismo.
"Soy demasiado perfeccionista."
"Trabajo demasiado."
"Me implico más de la cuenta."
Es fascinante. Hemos conseguido que nuestros defectos también tengan que ser perfectos.
Y claro, después de escuchar ese discurso durante años acabas creyéndotelo. Empiezas a pensar que siempre puedes hacerlo mejor. Que nunca sabes suficiente. Que siempre hay alguien más joven, más guapo, más listo, más rico, más productivo, más flexible, más espiritual y probablemente con mejor microbiota intestinal que tú.
Y ahí está la trampa.
Porque nunca llegas.
Nunca eres suficiente.
Cuando consigues un ascenso quieres otro.
Cuando compras una casa quieres una más grande.
Cuando pierdes cinco kilos quieres perder tres más.
Cuando escribes un buen capítulo piensas que el siguiente debería ser mejor.
Es una carrera donde la meta se mueve contigo. Es como correr detrás de una zanahoria sujetada por una caña que tú mismo llevas en la espalda. Técnicamente estás avanzando. Emocionalmente eres un burro.
Y, sin embargo, lo más ridículo de toda esta historia es que las personas que más admiro jamás han sido perfectas. Han sido caóticas. Impulsivas. Contradictorias. Se equivocaban muchísimo. Algunas eran insoportables. Otras llegaban tarde. Otras hablaban demasiado. Otras tenían la maravillosa habilidad de convertir cualquier cena en un debate filosófico sobre la existencia de Dios mientras se les quemaban las croquetas.
Eran humanas.
Y quizá ahí esté el verdadero problema.
Que llevamos tanto tiempo intentando convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos... que se nos ha olvidado disfrutar de la versión que ya somos.
Y eso sí que me parece una auténtica estafa.
Y ahora quiero dejarte una pregunta.
No para que me des la razón. Bastante tengo con intentar entender mi propia cabeza.
Quiero que la próxima vez que alguien te diga cómo deberías vivir, mejorar, pensar o sentir, te hagas una pregunta muy sencilla:
¿Quién decidió que esa era la forma correcta?
Porque sospecho que muchas de las verdades con las que vivimos llevan tanto tiempo repitiéndose que nadie recuerda quién las escribió. Y quizá el verdadero peligro no sea equivocarnos... sino dejar de cuestionarlas.
Quién sabe. Igual el próximo capítulo empiece precisamente por otra de esas ideas que todos damos por hechas.
Hasta entonces...
Opiniones No Solicitadas.
No era tan profundo... ¿o sí?



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