Si has llegado hasta aquí, ya es tarde.
- Noelia Nsomo memba
- 17 jul
- 3 min de lectura
Antes de empezar quiero dejar una cosa clara: yo tampoco sé muy bien qué hago aquí. Bueno, sí lo sé. Llevo demasiado tiempo teniendo conversaciones conmigo misma y, como mis amigos todavía no me han bloqueado, he decidido buscar nuevas víctimas.
Supongo que ahora tocaría presentarme. Contarte quién soy, qué estudié, cuáles son mis aficiones, mis virtudes... incluso podría decir que me apasiona viajar, leer y crecer como persona, porque parece que es obligatorio poner eso cuando uno quiere parecer interesante. Pero la realidad es bastante menos glamurosa. La mayor parte del tiempo estoy intentando averiguar por qué dije esa estupidez hace siete años, cómo he vuelto a pedir comida cuando tenía la nevera llena o por qué mi cerebro decide abrir un debate filosófico justo cuando intento dormir.
Así que mejor vayamos a lo importante.
Este no es un lugar donde vas a encontrar respuestas. Bastante tengo con no entender mi propia vida como para ponerme a solucionar la tuya. Si esperas una gurú espiritual que te enseñe a manifestar un Ferrari respirando tres veces y bebiendo agua con limón, puedes cerrar esta página tranquilamente. Yo todavía estoy intentando manifestar que no se me olvide la ropa dentro de la lavadora durante tres días seguidos.
Aquí vas a encontrar opiniones. Muchas. Nadie las ha pedido. Algunas tampoco deberían haber salido de mi cabeza. Otras llevan años viviendo ahí dentro pagando un alquiler que, sinceramente, ya podrían empezar a compartir. Porque si algo he aprendido es que darle demasiadas vueltas a las cosas no soluciona nada... pero oye, entretiene muchísimo.
Hablaré del amor. Del sexo. Del dinero. De Dios. De la gente que asegura que "siempre dice la verdad" como si la sinceridad fuera una licencia oficial para ser insoportable. Hablaré del éxito, del fracaso, de las relaciones, de la familia, del trabajo y, sobre todo, de esa extraña costumbre que tenemos los seres humanos de fingir que sabemos perfectamente lo que estamos haciendo. Qué tranquilidad da ver a un adulto dando consejos cuando hace diez minutos estaba buscando en Google "cómo cocer arroz sin convertirlo en cemento".
No prometo tener razón. De hecho, probablemente muchas veces no la tenga. Pero tampoco la tiene esa gente que habla con una seguridad insultante sobre absolutamente todo y, aun así, aquí seguimos escuchándola. Yo, al menos, tengo la decencia de admitir que muchas de mis mejores conclusiones nacieron después de tomar decisiones tan malas que hoy las llamo "aprendizaje" para no llamarlas por su verdadero nombre.
A veces me reiré de los demás. La mayoría de las veces me reiré de mí. Primero porque me lo he ganado y, segundo, porque sería muy hipócrita criticar al mundo cuando yo he protagonizado suficientes momentos de vergüenza como para tener mi propia serie de televisión. Así que, si en algún momento te sientes identificado con algo de lo que escribo, tranquilo. Lo más probable es que yo ya haya hecho exactamente la misma tontería antes que tú.
Aquí encontrarás sarcasmo. Mucho sarcasmo. Pero también preguntas incómodas. De esas que aparecen cuando estás fregando los platos o intentando dormir y piensas: "Maldita sea... igual tenía razón". Porque esa es la gracia. Reírse primero y darse cuenta después de que el chiste iba un poco sobre uno mismo.
Todos tenemos opiniones. La diferencia es que yo he decidido escribir las mías y tú has decidido leerlas. Si al terminar un artículo piensas que soy una exagerada, una dramática o que necesito terapia, tranquilo. Es perfectamente compatible con que también tengas un poco de razón. Aunque, siendo sinceros, si has llegado hasta aquí es porque tú tampoco estás del todo bien. Una persona completamente estable no empieza una revista llamada Opiniones No Solicitadas... pero tampoco la lee.
En cualquier caso, ya has llegado hasta aquí.
Ahora es tarde para arrepentirse.
Bienvenido a Opiniones No Solicitadas.
No era tan profundo... ¿o sí?



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