"Yo qué sé... (pero los delfines saben algo)"
- Noelia Nsomo Memba

- 28 jul
- 9 min de lectura
Un compañero del trabajo me hizo una pregunta aparentemente inocente: "¿Tú crees que el ser humano es bondadoso por naturaleza?". Una pregunta sencilla, de esas que una persona normal responde con un "depende" y continúa con su día. Yo, como siempre, decidí complicarme la existencia y convertir una conversación de cinco minutos en un debate filosófico donde acabaron participando Platón, Eva, Lucifer, Pandora, un bebé recién nacido y, por supuesto, un delfín. Porque cuanto más pienso en los delfines, más sospecho que alguien nos está ocultando información. No sé si son animales inteligentes o si simplemente llevan miles de años preparando algo y nosotros somos demasiado ingenuos porque nos distraen haciendo piruetas.
La teoría de mi compañero era preciosa. Decía que si metes a todos los niños en una habitación llena de juguetes, comida y absolutamente todo lo que puedan desear, sin necesidad de competir por nada, no habría peleas. Todos vivirían felices, compartirían y convivirían en paz. Y me parece una idea maravillosa. De verdad. El único problema es que demuestra que probablemente hace tiempo que no está rodeado de niños.
Porque los niños son crueles. Y lo digo con conocimiento de causa porque yo fui una niña y fui cruel, igual que lo fueron conmigo y seguramente tú también lo fuiste aunque ahora seas un adulto responsable que paga facturas y finge que nunca se rió del compañero de clase que tenía un corte de pelo horrible. Los niños tienen una capacidad impresionante para detectar la inseguridad de otra persona sin haber leído un solo libro de psicología. Son pequeños especialistas en encontrar el punto débil exacto y presionar justo ahí. Son el FBI de los complejos.
Pero lo más curioso es que de mayores no dejamos de hacerlo. Simplemente cambiamos el nombre. Ya no somos crueles, ahora tenemos "sentido del humor". Ya no nos burlamos, hacemos "ironía". Ya no criticamos, hacemos "observaciones objetivas". Qué maravilla la capacidad humana para poner nombres elegantes a comportamientos que siguen siendo los mismos.
Yo me río de todo. De los demás y, sobre todo, de mí misma. Mi cerebro funciona como un programa de comedia permanente donde la protagonista soy yo y la crítica más dura también soy yo. Luego vienen los expertos diciendo que hay que tratarnos con cariño, que tenemos que ser amables con nosotros mismos, y yo lo intento, de verdad, pero mi cabeza ya tiene preparado un comentario sarcástico antes de que termine la frase.
Y entonces aparece la pregunta importante: si la empatía existe, si podemos entender el dolor de otra persona, ¿de dónde sale esa parte de nosotros que disfruta señalando, comparando o juzgando? Porque yo puedo comprender perfectamente que alguien está triste, puedo saber que una palabra puede hacer daño, puedo ponerme en el lugar del otro... pero eso no significa que mi cerebro no haya escrito primero un chiste sobre la situación. La empatía llega, sí, pero a veces llega detrás del sarcasmo corriendo para alcanzarlo.
Quizá por eso no creo que la bondad venga completamente instalada. Creo que nacemos con emociones, pero no con un manual de instrucciones. Un bebé no piensa: "Voy a tener en cuenta las necesidades emocionales de mi madre". No. Un bebé piensa: tengo hambre y el mundo debe solucionarlo inmediatamente. Y si tarda demasiado, comienza una protesta que podría rivalizar con cualquier manifestación política.
A veces me pregunto: si realmente somos la especie superior, ¿por qué nacemos así? Un animal nace y está preparado para sobrevivir. Un caballo nace y poco después camina. Una jirafa cae desde una altura considerable al nacer, se levanta y sigue adelante. Nosotros llegamos al mundo llorando, sin dientes, sin saber mantener la cabeza y dependiendo completamente de otra persona durante años. Muy superiores, sí, pero con un comienzo bastante humilde.
Y aquí entran las emociones. El miedo, la rabia, la envidia, la soberbia, la ira. Todas esas cosas que preferimos fingir que no tenemos, pero que aparecen en cuanto alguien nos toca el botón adecuado. Lo curioso es que una misma emoción puede convertir a dos personas en seres completamente distintos. Hay gente que cuando tiene miedo se paraliza, otros atacan y otros huyen. Yo personalmente vivo en modo defensa. Entro en una habitación y mi cerebro empieza a escanearlo todo como si trabajara para la CIA: caras, tonos de voz, movimientos, posibles amenazas. Y cuando termina el análisis digo: "Perfecto, todo controlado, pasadlo bien, estáis en vuestra casa". Mi propio cerebro preparando una guerra mientras yo intento parecer una persona relajada.
Y hablando de emociones, quizá ahí está la clave de la maldad. Porque salvo algunas excepciones, la mayoría de personas no se levantan un martes diciendo: "Hoy voy a destruir la vida de alguien". Bueno, yo a veces hago funerales imaginarios para algunos de mis ex, pero tranquilos, mi abogado interno me recuerda que un delito pensado no es un delito cometido. Según el Código Penal sigo siendo una ciudadana ejemplar. Mientras no exista una relación de causalidad entre mis pensamientos y las desgracias de "El Innombrable", mi inocencia permanece intacta. Otra cosa es el dolo emocional, pero ese ya lo discutiremos con mi terapeuta.
Lo realmente curioso es que muchas veces hacemos daño sin querer. Yo misma he hecho daño sin darme cuenta. Lo sé porque alguien me lo ha dicho. "Eso que hiciste me dolió". Y mi primera reacción fue: "¿Cómo? Si yo no quería hacerte daño". Pero ahí está la parte complicada del ser humano. La intención importa, pero el impacto también. Puedes lanzar una frase como quien tira una piedra pequeña y no darte cuenta de que la otra persona la recibió como una roca.
Y entonces llegamos a la gran pregunta: ¿de dónde sale la maldad? Porque si nos vamos a las historias más antiguas, siempre aparece algo interesante. En el Génesis, Dios crea a Adán del barro, crea a Eva y todo parece ir bastante bien hasta que aparece una serpiente con unas habilidades de manipulación que ya quisieran muchos vendedores de seguros. Eva toma la fruta, llega el pecado y de repente la humanidad queda condenada al sufrimiento.
Eva, cariño, tú descansa en paz. Pero aquí seguimos pagando las consecuencias de una decisión que nadie nos pidió firmar.
Aunque tengo otra pregunta: si antes del pecado no existía la maldad, ¿de dónde sacó Lucifer la idea de rebelarse? Porque alguien tuvo que ser el primero. El famoso Lucero del Alba no aprendió de nadie. No tuvo un ejemplo. No tenía un tutorial de "Cómo convertirse en enemigo de Dios en diez pasos". Simplemente apareció con la idea. Y eso es bastante inquietante. Quizá el mal no siempre se enseña. Quizá a veces simplemente encuentra una puerta abierta.
Luego está Pandora, otra persona que pasó a la historia por abrir una caja. Sinceramente, tampoco la juzgo tanto. Si me das una caja y me dices "no la abras", lo más probable es que tarde menos de un minuto en preguntarme qué hay dentro. La curiosidad humana es una fuerza poderosa. Somos la especie que puso una advertencia de "no tocar" y convirtió eso en una invitación.
Pero lo curioso de la caja de Pandora no es solo que ella la abriera. Es que los males ya estaban dentro. La ira, la enfermedad, la envidia, el sufrimiento. Alguien tuvo que meterlos ahí primero.
Platón decía que aprender era recordar, que el conocimiento ya existía y nosotros simplemente lo recuperábamos. Una teoría preciosa. Aunque ahora me pregunto: ¿y si no solo recordamos las cosas buenas? ¿Y si también recordamos la crueldad? Igual nacemos conectados a una nube universal donde hay carpetas como "amor", "empatía", "compasión" y otra llamada "hacer daño cuando me siento amenazado". Y algunos simplemente tienen demasiado acceso a esa carpeta.
Y aquí vuelvo a los delfines porque, sinceramente, son mi prueba favorita de que la inteligencia no siempre viene acompañada de bondad. Dicen que son uno de los animales más parecidos a nosotros por su inteligencia, su capacidad de comunicarse y su complejidad emocional. Qué casualidad que precisamente el animal que más se parece al ser humano sea también uno de los más sospechosamente sonrientes.
Porque los delfines tienen una imagen espectacular. Son los niños mimados del océano. Inteligentes, simpáticos, adorables. Disney hizo un trabajo de marketing impresionante. Pero luego lees sobre ellos y descubres comportamientos que te hacen pensar: "Un momento... ¿y si llevamos siglos confiando en el animal equivocado?". Son capaces de comportamientos agresivos, juegan con sus presas y tienen esa sonrisa permanente que, sinceramente, no ayuda nada.
Porque un tiburón al menos es honesto. El tiburón no intenta caer bien. Tiene hambre, te ve como comida y ya está. No te hace una pirueta antes de atacarte para que bajes la guardia. El delfín sí. El delfín parece que viene a salvarte en una película familiar y de repente descubres que quizá era el villano todo este tiempo.
Los Simpson ya nos avisaron de muchas cosas y, visto su historial, yo empezaría a escucharles. El día que los delfines decidan dominar el planeta no quiero decir que no estábamos avisados. Ellos tienen inteligencia, organización y una sonrisa demasiado perfecta. Yo solo le pido a Dios, a Alá, a Buda y a cualquier entidad superior que esté disponible ese día que, si llega la revolución de los delfines, me lleven antes.
No quiero vivir en un mundo gobernado por animales con apariencia de peluche, inteligencia de genio y una sonrisa mientras planean quién sabe qué en las profundidades del océano.
Y al final vuelvo a la pregunta inicial: ¿nacemos buenos? ¿Nacemos malos? La verdad es que no lo sé. Y mira que me encantaría terminar este capítulo con una frase espectacular, de esas que parecen escritas por alguien que acaba de descubrir el sentido de la vida mientras mira una puesta de sol, pero sería bastante contradictorio por mi parte hacerlo. Porque si algo he aprendido de los seres humanos es que tenemos una habilidad increíble para inventarnos respuestas sobre cosas que todavía no entendemos. Nos encanta hablar con una seguridad absoluta de temas que, en realidad, seguimos intentando descifrar.
Aunque soy una persona bastante positiva, tampoco tengo una confianza ciega en nuestra especie. He visto demasiadas atrocidades, demasiada crueldad y demasiadas veces cómo alguien puede hacer daño y después encontrar una explicación perfecta para convencerse de que tenía razón. Es fascinante la capacidad humana para construir una defensa moral incluso cuando estamos siendo los villanos de nuestra propia historia. Por eso no puedo decir que creo firmemente que la bondad sea algo que traemos de fábrica. Me gustaría pensar que sí, pero la realidad me ha enseñado que el ser humano es capaz de cosas maravillosas y también de cosas que hacen que uno se pregunte si realmente somos la especie más inteligente del planeta o simplemente la que mejor sabe justificar sus errores.
Pero tampoco puedo asegurar que nazcamos siendo malos. No creo que vengamos al mundo con una pequeña versión de Lucifer esperando salir en cuanto tengamos la oportunidad. Aunque, siendo sincera, si existe alguna criatura que podría hacerme replantearme esa teoría, son los delfines.
Perdón, delfines. Espero que no estéis leyendo esto.
Aunque ahora que lo pienso... probablemente ya lo estáis haciendo. Seguro que habéis creado algún tipo de teléfono acuático con tecnología submarina avanzada, estáis en lo más profundo del océano junto al cadáver de una sirena y uno de vosotros está leyendo este capítulo mientras otro dice: "Esta humana empieza a sospechar demasiado". Pero tranquilos, no es nada personal. De verdad. Solo repito lo que ya nos avisaron Los Simpson, que si algo hemos aprendido de ellos es que quizá deberíamos prestar más atención a sus advertencias.
No tengo nada contra vosotros. Es más, admiro vuestra inteligencia, vuestra capacidad de comunicación y vuestra habilidad para haber conseguido que toda la humanidad os vea como criaturas adorables mientras escondéis una historia bastante sospechosa detrás de esa sonrisa permanente. Solo digo que si algún día decidís conquistar el planeta, no podréis decir que nadie os vigilaba.
La realidad es que sigo sin saber cuál es nuestra verdadera naturaleza. No sé si nacemos buenos y la vida nos corrompe. No sé si nacemos con una parte oscura y pasamos los años intentando aprender a controlarla. No sé si la empatía es una semilla que todos tenemos dentro o una planta que alguien tiene que enseñarnos a cuidar. Lo único que sé es que la humanidad lleva miles de años intentando responder a la misma pregunta. Hemos creado religiones, mitos, filosofías, teorías científicas e historias sobre dioses, demonios, ángeles y monstruos porque, en el fondo, seguimos intentando entender algo que vive dentro de nosotros mismos.
Nuestra propia oscuridad.
Quizá seguimos buscando respuestas porque todavía no hemos entendido completamente la pregunta. Y, sinceramente, eso también me parece bastante humano. Reconocer que no sabes algo en un mundo donde todo el mundo parece tener una opinión sobre todo es casi un acto de valentía. No tener una respuesta no significa dejar de buscarla.
Así que tranquilos. Si Dios no se enfada demasiado conmigo por todas las cosas que digo, pienso y probablemente seguiré haciendo, espero tener muchos años para seguir molestando al universo con mis preguntas. Alguien tendrá que hacerlo. Me sacrifico por la causa. Por la filosofía, por la curiosidad, por la humanidad y, sobre todo, para mantener una vigilancia constante sobre los delfines.
Porque quizá algún día descubriremos la verdadera naturaleza del ser humano.
O quizá los delfines ya la descubrieron antes que nosotros y simplemente están esperando el momento adecuado para contárnoslo.
Opiniones No Solicitadas.
No era tan profundo...¿O sí?



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